Mientras desciende al sentimiento de manera más contundente lo que en principio consternaba al pensamiento, y se transforma en lágrimas el estupor, y en angustia la sorpresa, reflexiono sobre esta cualidad de sentir las pérdidas, a pecho y en cuerpo todo.
Hay un lado en el que no hay pérdida, y muchos creen que reside allí su fortaleza. Sus caras visibles, sus “soldados” son solo eso, son intercambiables, nadie es allí, como me decía un empresario de éxito, “imprescindible.” Entonces, no hay pena, no hay dolor asociado a pérdida, la máquina no se detiene y sigue deglutiendo humanoides dispuestos a representar lo oscuro e impresentable.
Pero aquí, aquí no es así. Aquí somos todos imprescindibles, aquí cada uno que falta es un agujero más en el alma, y cada pérdida es irreparable, ya no hay más lo que había, ya le falta al mundo un poco más de sal, ya la diversidad mengua y también, por que no, el temor a la máquina uniformadora aumenta…
Pero acaso sea también el dolor lo que diferencia, y ese mismo dolor, tan único y de cada uno, multiplica la sensación de pérdida en miles de desgarros del alma, cada uno tan particular como el alma misma. Así también, entonces, la diversidad le sigue ganando la batalla a quienes quieren un mundo único de gente reemplazable, un mundo chato de “soldados” del pensamiento único, un mundo uniforme, si hace falta mediante uniformados…
Que sea el dolor el que le siga ganando al horror de lo que no puede presentarse por sí mismo, y se disfraza, con caretas humanas, y el que genere más y más voces, más y más ideas, más y más de nosotros, de los que estamos de este lado, el lado donde se sufren las pérdidas, pero también el lado donde se puede ser feliz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario